“De un valle a otro”, contando un viaje (III)

Aguila Calva

“Debe el hombre ser valiente si a rodar se determina, primero, cuando camina; segundo, cuando descansa, pues en aquellas andanzas parece el que se acoquina.”

José Hernández,
Martín Fierro #466

Con un fuerte abrazo de mi primo y las palabras de aliento de mis amigos subí al vuelo DL110 con mi pie izquierdo, ya que no creo en supersticiones. Junto a mi asiento, un newyorkino de unos setenta años bien vividos y la pequeña ventana que me mostraba una Buenos Aires como nunca antes la había visto, hermosa, con su vestido de noche y sus caderas apoyadas en el Río de La Plata.

Shawn me contó con nostalgia de su adolescencia en Manhattan y de sus copas con Duke Ellington en una ciudad inundada de Jazz. Me hizo saludar a mi mamá por la pequeña ventana al tiempo que dejábamos atrás las luces de la ciudad y me recomendó un “Johnnie Walker en las rocas” para poder descansar.

Me acomodé los auriculares y sonaba Canibal Can, “Vas a querer volver”. Caí en un profundo sueño, recorriendo con el alma los caminos que me llevaron desde las frías aguas del mar argentino hasta las alturas de la cordillera andina, para despedirme de mi gente.

Al despertar, estábamos aterrizando en Atlanta, Georgia. Lo miré al viejito, que tenía cara de haber dormido una eternidad, y le dije recordando a Ray Charles: “Georgia on my mind…” Sonrió, nos deseamos buen viaje, me puse la campera, el gorro de lana y pisé, sin antes despedirme de las azafatas, suelo norteamericano.

Medio desorientado llegué a la cola de migraciones y, mientras me quedaba dormido parado, me detuve a observar las caras que me acompañaban en esa tediosa espera. Delante mío un israelí rezaba una plegaria y detrás tres argentinos —me da vergüenza llamarlos así—, vestidos en La Martina, con bronceado de cama solar y ese acento pedante de los barrios al norte de la Capital Federal, hablaban de algún partido de polo.

De pronto, comencé a escuchar aplausos y palabras de aliento y orgullo que inundaban la sala. Levanté la cabeza y sólo pude ver un collage de uniformes camuflados, cabezas rasuradas y sonrisas desesperadas. Mientras guardaba las manos en los bolsillos e intentaba hacer de mi silencio un símbolo, no pude ver en esos jóvenes más que ojos irritados por la arena y la sangre del desierto iraquí; a la espera de un futuro inevitable, de depresión, alcohol y painkillers.

Tomé mis valijas, acaricié al pequeño perro Beagle que las olfateaba en busca de narcóticos y, mientras pensaba en tomar unos mates, me encaminé al vuelo que me llevaría al valle al que tanto deseaba llegar; el Roaring Fork Valley.

El valle me esperaba con la tormenta de nieve más grande de la temporada. Mi piel no entendía cómo en dieciséis horas había pasado del sudor a la piel de gallina. El paisaje y el aire de “las rocallosas” me hicieron sentir tan vivo como lo hace el aire de la cordillera andina. Busqué cóndores en el cielo, pero me tuve que conformar con las caras serias de las nunca sonrientes águilas calvas.

PelucaVida Cotidiana
27 de Marzo de 2008 Compartilo 2 comentarios



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