“De un valle a otro”, contando un viaje (VI)

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“En la cruzada hay peligros
pero ni aún esto me aterra;
yo ruedo sobre la tierra
arrastrao por mi destino
y si erramos el camino…
no es el primero que lo erra.”

José Hernández,
Martín Fierro #376

Muchas veces uno se pregunta si está en el lugar donde debería estar. Un viernes por la noche me encontré hablando con Tyson, Banquet’s Chef de la cena de la revista Vogue, para la cual también yo estaba trabajando. Coincidimos en que a ninguno de los dos nos caían bien los newyorkers que asistían al evento, es su mayoría top models histéricas y homosexuales aún más histéricas que las top models.

Le conté que venía de lejos, de la Patagonia argentina, y sin sorprenderse me preguntó de dónde exactamente. Neuquén, respondí, aclarándole que no se sintiera culpable si nunca lo había escuchado nombrar. Para mi sorpresa respondió: “¡Cómo no lo voy a conocer!, mi mujer es de Cinco Saltos…” A continuación me expresó sus deseos de abrir un restaurante en Bariloche para irse de una buena vez de este país al que he decidido llamar Gringolandia.

Sin entender mucho de que estábamos hablando, su Sous Chef le preguntó qué tan lindo era Bariloche. Tyson comenzó a hablar de esos grandes lagos que, a los pies de montañas de altas cumbres, reflejan los atardeceres, la luna y las estrellas de una forma inimaginable para el hombre. No podía creer lo que estaba escuchando, ¿Hablaba este norteamericano del mismo Bariloche al que tuve a 434 kilómetros por tantos años?. Como pude le traduje nuestro dicho: “el pasto del vecino siempre es más verde”. Coincidimos en que es así, no hay explicación lógica de como yo, pasando mis inviernos en el Cerro Catedral, ansiara tanto esquiar en las cumbres de Aspen, CO; al mismo tiempo que él, viviendo en éste lugar de ensueño, ansíe tanto pasar el resto de su vida en la Patagonia argentina.

Algunos días más tarde, asistí con mis amigos Elliot, John y Carry al Banff Mountain Film Festival que se llevó a cabo en el Wheeler Opera House de Aspen. Producciones provenientes de todo el mundo nos mostraban paisajes de ensueño y escenas de ski en las cumbres más deseadas del planeta. Para mi sorpresa, una de las películas mostraba el viaje de un suizo y un norteamericano en el que esquiaban cerros contiguos al Cerro Fitz Roy y al Cerro Torre en la provincia de Santa Cruz. El nudo en el pecho al ver la bandera Argentina flameando con el Fitz Roy, bañado de atardecer, no se me desató hasta entrada la noche, cuando entre cervezas y chicken fingers explicaba a mis amigos dónde se encuentra ese hermoso lugar y cuán profundo cala el viento en las almas de los que nacimos en la Patagonia.

Me expresaron sus ganas de viajar por estos lugares y como buen argentino les dije: “ustedes preocúpense por llegar, el resto corre por cuenta mía; mate, asado y buen vino nunca les va a faltar”.

Uno no se da cuenta de cuánto quiere a su país hasta que no sale de él por un tiempo. Cuando uno escucha Volver de Carlos Gardel estando lejos de casa, el corazón salta y los ojos se ponen vidriosos de una forma que uno nunca imaginaría. La búsqueda del lugar donde uno debería estar puede ser interminable, pero no hay nada cómo el recuerdo de aquella tierra en la que dimos nuestros primeros pasos.

PelucaVida Cotidiana
4 de Junio de 2008 Compartilo 2 comentarios

“De un valle a otro”, contando un viaje (V)

horizonte

Las mañanas en la montaña me llenaron con eso que sólo el volcán Copahue sabía darme. Cuatro montañas conforman el centro de ski: Aspen, Highlands, Buttermilk y Snowmass. Cada una de ellas tiene un ingrediente distinto y el sol las baña de una forma particular. Viviendo y trabajando en ellas descubrí códigos que llamaron mi atención y a los que no me costó acostumbrarme.

En mi supuesto primer día de trabajo, al llegar a la oficina con Elliot, me sorprendió ver a mi jefe, Stu, con ropa de ski. Nos saludó y dijo algo así como: “¿Ustedes pretenden trabajar después de las quince pulgadas de nieve que cayeron anoche?” Todavía medio dormido y desorientado me pregunté si era esa una trampa al estilo “Método Gronholm” para detectar cuán vagos éramos o si este hombre calvo, en cuya oficina se pueden ver posters de Led Zeppelin, Jimmy Hendrix y Rush junto a una colección de seis guitarras que van desde una Gibson Les Paul custom hasta una Fender Stratocaster U.S.A., hablaba en serio. Cuando quise acordarme estábamos en su camioneta en dirección a Snowmass.

Las charlas en las aerosillas cumplen la función de las charlas en los barcitos de San Telmo. El aire con poco oxígeno te ablanda como el fernet con coca y la melodía del viento al pasar por entre los árboles hace las veces de ese tango que se cuela por las ventanas. Stu me preguntó cómo andaban las cosas por Argentina y le dije que un poco mejor. Me contó un poco de su historia: su adolescencia en California y algunos de los pasos, que en Aspen, lo llevaron de lavacopas en un restaurant a presidente de la compañía de sonido e iluminación para la que trabajo.

Hicimos la primera bajada en “The Wall”, con nieve hasta las rodillas y ese aire fresco en la cara que te hace acordar qué tan bueno es estar vivo. De nuevo en la aerosilla, pero esta vez con Danny, de 20 años, hablamos de vicios y sueños. Me contó que el suyo es irse a Alaska para hacer el curso de guía de heliskiing y armar excursiones con su mejor amigo Dane, piloto de helicópteros, cuando vuelva de Irak. Le pregunté cómo se sentía con respecto a la guerra y al contarme entendí muchas cosas. Me dijo que hoy en día existen dos tipos de soldados en Irak, los que se alistaron por una tradición familiar y un sentimiento de patriotismo, y los que simplemente quieren llevar el videojuego de matar gente al próximo nivel.

Dane es hijo de excombatientes de la Guerra del Golfo y nieto de un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial. En quinto año, cuando todos contaban qué iban a hacer al término de la secundaria: estudiar medicina, ingeniería, jugar al fútbol americano para alguna universidad, él les contaba que antes de cumplir sus diecinueve años iba a estar volando hacia Irak.

De a poco me fui dando cuenta de cuán distinta es la vida en un país con una fuerte tradición bélica y en un pueblo en el que las montañas, sin quererlo, pasan a formar parte de uno.

PelucaVida Cotidiana
7 de Mayo de 2008 Compartilo 1 comentario

“De un valle a otro”, contando un viaje (IV)

Breakfast

Llegué por fin al Roaring Fork Valley. Allí me esperaban John, Danny y Elliot, mis nuevos compañeros de trabajo. La noche cayó fría y oscura alrededor de las 5.30 pm. Confundido por el cambio horario y la oscuridad temprana asentí cuando me preguntaron si quería cenar. Mientras la nieve caía lentamente sobre el asfalto entramos a Capitol. En una mesa, un par de camioneros con camisas de esas que usan los leñadores y gorras de Caterpillar y John Deere nos miraron desinteresados y volvieron a hundir sus bigotes en las tazas de café. En otra mesa tres mexicanos hablaban de lo “chingado” que había estado el día de trabajo y de cuán “pendejo” era su jefe, el “pinche gringo”.

Cuando me tocó el turno de pedir mi cena, no pude más que apuntar el dedo de manera aleatoria sobre la carta. Cuando me quise acordar, estaba comiendo una suerte de sándwich de tres albóndigas con tuco y provolone, acompañado por papas, para mi sorpresa cortadas a mano y recién fritas, algo que no esperaba en un local de comidas rápidas. Sin saberlo, estaba probando el plato que más tarde se convertiría en mi elección número uno en Capitol: “meatball with french fries”.

Preocupado porque mis valijas estaban en la camioneta y no habíamos cerrado las puertas con llave, les pregunté si debía preocuparme o no. Riendo respondieron que en este valle podés dejar la puerta abierta y la llave puesta que nadie va a tocar tu auto. Más tarde entré a mi nuevo departamento, de cartón pintado pero con buena calefacción, desempaqué mis valijas y le enseñé a decir “hasta mañana chango” a Elliot, mi compañero de departamento.

A la mañana siguiente desperté con ruido a sartén y fritura. No entendía donde estaba, esa no era mi habitación de Neuquén, ni mi departamento en Buenos Aires ¿Cómo era posible que la nieve cayera por mi ventana en Febrero? Me tomó unos instantes, pero pronto entendí que esa era mi primera mañana en El Jebel, y Elliot ya estaba preparando sus huevos revueltos.

Salí de mi habitación con las ganas de tomar una leche chocolatada, de esas con las que siempre despierto, pero en la heladera no había más que huevos y en la alacena nada se parecía al Nesquik. Puse a calentar agua en una pequeña olla y, ante los ojos curiosos de mi co-inquilino, llené el mate con yerba, lo sacudí un par de veces sobre la palma de mi mano izquierda para sacarle el polvillo y me deleité con unos mates que no saciaron mi hambre matutino, mas sí esas ganas de sentirme en un lugar conocido.

Todo era nuevo, todo era raro y me desbordaron esas ganas de descubrir que aún hoy me acompañan. Quise sacar fotos con mis ojos y grabar sonido con mis oídos. El día a día comenzó a trasformarse en una anécdota diaria y esas películas norteamericanas que vi durante veintidós años empezaron a mezclarse con mi realidad de todos los días.

PelucaVida Cotidiana
15 de Abril de 2008 Compartilo 1 comentario

“De un valle a otro”, contando un viaje (III)

Aguila Calva

“Debe el hombre ser valiente si a rodar se determina, primero, cuando camina; segundo, cuando descansa, pues en aquellas andanzas parece el que se acoquina.”

José Hernández,
Martín Fierro #466

Con un fuerte abrazo de mi primo y las palabras de aliento de mis amigos subí al vuelo DL110 con mi pie izquierdo, ya que no creo en supersticiones. Junto a mi asiento, un newyorkino de unos setenta años bien vividos y la pequeña ventana que me mostraba una Buenos Aires como nunca antes la había visto, hermosa, con su vestido de noche y sus caderas apoyadas en el Río de La Plata.

Shawn me contó con nostalgia de su adolescencia en Manhattan y de sus copas con Duke Ellington en una ciudad inundada de Jazz. Me hizo saludar a mi mamá por la pequeña ventana al tiempo que dejábamos atrás las luces de la ciudad y me recomendó un “Johnnie Walker en las rocas” para poder descansar.

Me acomodé los auriculares y sonaba Canibal Can, “Vas a querer volver”. Caí en un profundo sueño, recorriendo con el alma los caminos que me llevaron desde las frías aguas del mar argentino hasta las alturas de la cordillera andina, para despedirme de mi gente.

Al despertar, estábamos aterrizando en Atlanta, Georgia. Lo miré al viejito, que tenía cara de haber dormido una eternidad, y le dije recordando a Ray Charles: “Georgia on my mind…” Sonrió, nos deseamos buen viaje, me puse la campera, el gorro de lana y pisé, sin antes despedirme de las azafatas, suelo norteamericano.

Medio desorientado llegué a la cola de migraciones y, mientras me quedaba dormido parado, me detuve a observar las caras que me acompañaban en esa tediosa espera. Delante mío un israelí rezaba una plegaria y detrás tres argentinos —me da vergüenza llamarlos así—, vestidos en La Martina, con bronceado de cama solar y ese acento pedante de los barrios al norte de la Capital Federal, hablaban de algún partido de polo.

De pronto, comencé a escuchar aplausos y palabras de aliento y orgullo que inundaban la sala. Levanté la cabeza y sólo pude ver un collage de uniformes camuflados, cabezas rasuradas y sonrisas desesperadas. Mientras guardaba las manos en los bolsillos e intentaba hacer de mi silencio un símbolo, no pude ver en esos jóvenes más que ojos irritados por la arena y la sangre del desierto iraquí; a la espera de un futuro inevitable, de depresión, alcohol y painkillers.

Tomé mis valijas, acaricié al pequeño perro Beagle que las olfateaba en busca de narcóticos y, mientras pensaba en tomar unos mates, me encaminé al vuelo que me llevaría al valle al que tanto deseaba llegar; el Roaring Fork Valley.

El valle me esperaba con la tormenta de nieve más grande de la temporada. Mi piel no entendía cómo en dieciséis horas había pasado del sudor a la piel de gallina. El paisaje y el aire de “las rocallosas” me hicieron sentir tan vivo como lo hace el aire de la cordillera andina. Busqué cóndores en el cielo, pero me tuve que conformar con las caras serias de las nunca sonrientes águilas calvas.

PelucaVida Cotidiana
27 de Marzo de 2008 Compartilo 2 comentarios

“De un valle a otro”, contando un viaje (II)

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“Para mí el campo son flores dende que libre me veo; donde me lleva el deseo allí mis pasos dirijo, y hasta en las sombras de fijo que a donde quiera rumbeo.”

José Hernández,
Martín Fierro #166

El campo para unos, la ciudad para otros… Luego de dieciocho años en Neuquén y su hermoso Alto Valle, decidí dejar atrás los mates en el rió Limay, las noches en el mirador y la constante melodía del viento patagónico para ver que pasaba más allá, en la ciudad de Buenos Aires.

Compartí cuatro años con el ferrocarril General Roca, las líneas de subterráneo, los bondis fileteados y el tango en las esquinas de San Telmo. Supe extrañar el valle en el que había vivido toda mi vida y sobre todo, su gente. Con mis compadres neuquinos, compañeros de ese particular, mas no menos doloroso cautiverio, buscamos de mil formas rescatar esos momentos tan nuestros que nos brindaban las tardes anaranjadas de la Patagonia. Tomando mate en las terrazas, balcones y plazas buscábamos con los ojos a ese triste sol de otoño, que no tiene más remedio que ocultarse entre edificios y añorar los tiempos en los que bañaba con sus últimos rayos del día los fértiles campos de frutales y nuestras caras, en la plaza de las banderas.

Banfield me supo mostrar lo que es vivir en un barrio. Con la verdulería del boliviano, la fábrica de pastas del tano y el tereré de mi portero paraguayo, en las sofocantes tardes de Buenos Aires, entendí el significado de una ciudad cosmopolita. De a poco me fui acostumbrando al 90% de humedad diario, el frio que se cuela en los huesos y el calor que no deja soñar. Me enamoré de los bares de San Telmo, resbalé varias veces en el empedrado mojado por la garúa y maldije a las gotas que caen de los aire acondicionados.

Cuatro años en Buenos Aires no es mucho, ni es poco, quizás suficiente, si se trata tan solo de una de las paradas del viaje. Era hora de volver al valle, no al que me vio nacer sino a otro. Desarmé lentamente mi departamento poniendo en cajas mis discos, herramientas, nostalgias y libros. Guardé cuidadosamente la “escena porteña” pintada por mi abuelo Francisco junto a su escultura abstracta que aún hoy toma un nuevo sentido. Me despedí de mis familiares y amigos desde Santa Clara del Mar hasta Copahue, pasando por José Mármol y la ciudad de Neuquén. Guardé en mi memoria los sabores del asado, los aromas del buen vino y las voces de mis queridos. La sal del mar de Enero, y las cenizas del volcán Copahue abrazaron mi piel para cubrirla del frió y la incertidumbre.

Y así, por demás preparado, tomé mi pasaporte argentino y volé durante dieciséis horas, con sus minutos, hasta el poblado de El Jebel, en el estado de Colorado, de los Estados Unidos de América.

PelucaVida Cotidiana
10 de Marzo de 2008 Compartilo 8 comentarios

“De un valle a otro”, contando un viaje (I)

“Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del cielo
no hago nido en este suelo
ande hay tanto que sufrir
y naides me ha de seguir
cuando yo remuento el vuelo”.

José Hernández,
Martín Fierro.

El viajar es algo a lo que no todo el mundo se anima. Supongo que es algo en la sangre que nos lleva a quedarnos en un lugar o bien, movernos a través de las fronteras. La historia de mi familia ha sido marcada desde un comienzo por la migración y la búsqueda de nuevos paisajes. Mi abuelo Lucas, nacido en El Esparragal, España, se embarcó a sus trece años de edad en un viaje que cambiaría su vida. Movido por la situación de su país, viajó durante veinticuatro días con sus noches hasta el puerto de la ciudad de Buenos Aires.

Mi abuelo Francisco, nacido en Colonia Margarita, provincia de Santa Fe, tomó el tren a la Capital Federal una mañana de sus dieciocho años. Supongo que fue su sangre la que lo movió a conocer algo más que el campo en el que había nacido, un nuevo horizonte, una nueva aventura. Llegó a la gran ciudad con un pequeño bolso, un papel con una dirección a donde ir y, seguramente, algunos salamines y pan con chicharrón para llevarse con él algo de ese sabor del campo. Durmiendo clandestinamente en una pensión y demostrando sus habilidades jugando a las bochas con los adinerados comenzó su viaje, que sin saberlo, lo llevaría muy lejos.

Unos cuantos años más tarde mis padres, nacidos en la Capital Federal, decidieron ir en busca de un nuevo paisaje, su propia aventura, en el entonces desolado suelo del Alto Valle neuquino. Este paisaje árido, con sus bardas, sus infértiles médanos y constantes vientos supo calar en cada uno de ellos y en la sangre que también corre por mis venas, la nostalgia de lo que queda atrás y la intriga de lo que está por llegar.

Aquella noche de octubre, ventosa seguramente, como todas las noches primaverales de Neuquén, sentí el aroma del polvo que se cuela por debajo de las puertas por primera vez. Los ojos de mi padre, repletos de pequeñas lágrimas, no sólo por mi llegada, más por esa primavera que como todas las primaveras del valle lo invaden de alergia, estornudos y pañuelos, supieron hallar en mí un dejo de ese espíritu viajero, esa pulsión, que no ha parado de viajar en la sangre de mi familia a través de las generaciones.

Ésta es la primera de las entregas -a modo de presentación- de nuestro amigo Peluca, aventurero argentino en El Jebel, Colorado. Nos va acompañar con sus observaciones desde gringolandia mientras dure su estadía en aquellas tierras. ¡Salud y bienvenido, Pelu!

PelucaVida Cotidiana
28 de Febrero de 2008 Compartilo 3 comentarios



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