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Vida Cotidiana

“De un valle a otro”, contando un viaje (IV)

Por Lucas De Cesco, el 15 de Abril de 2008 -

Breakfast

Llegué por fin al Roaring Fork Valley. Allí me esperaban John, Danny y Elliot, mis nuevos compañeros de trabajo. La noche cayó fría y oscura alrededor de las 5.30 pm. Confundido por el cambio horario y la oscuridad temprana asentí cuando me preguntaron si quería cenar. Mientras la nieve caía lentamente sobre el asfalto entramos a Capitol. En una mesa, un par de camioneros con camisas de esas que usan los leñadores y gorras de Caterpillar y John Deere nos miraron desinteresados y volvieron a hundir sus bigotes en las tazas de café. En otra mesa tres mexicanos hablaban de lo “chingado” que había estado el día de trabajo y de cuán “pendejo” era su jefe, el “pinche gringo”.

Cuando me tocó el turno de pedir mi cena, no pude más que apuntar el dedo de manera aleatoria sobre la carta. Cuando me quise acordar, estaba comiendo una suerte de sándwich de tres albóndigas con tuco y provolone, acompañado por papas, para mi sorpresa cortadas a mano y recién fritas, algo que no esperaba en un local de comidas rápidas. Sin saberlo, estaba probando el plato que más tarde se convertiría en mi elección número uno en Capitol: “meatball with french fries”.

Preocupado porque mis valijas estaban en la camioneta y no habíamos cerrado las puertas con llave, les pregunté si debía preocuparme o no. Riendo respondieron que en este valle podés dejar la puerta abierta y la llave puesta que nadie va a tocar tu auto. Más tarde entré a mi nuevo departamento, de cartón pintado pero con buena calefacción, desempaqué mis valijas y le enseñé a decir “hasta mañana chango” a Elliot, mi compañero de departamento.

A la mañana siguiente desperté con ruido a sartén y fritura. No entendía donde estaba, esa no era mi habitación de Neuquén, ni mi departamento en Buenos Aires ¿Cómo era posible que la nieve cayera por mi ventana en Febrero? Me tomó unos instantes, pero pronto entendí que esa era mi primera mañana en El Jebel, y Elliot ya estaba preparando sus huevos revueltos.

Salí de mi habitación con las ganas de tomar una leche chocolatada, de esas con las que siempre despierto, pero en la heladera no había más que huevos y en la alacena nada se parecía al Nesquik. Puse a calentar agua en una pequeña olla y, ante los ojos curiosos de mi co-inquilino, llené el mate con yerba, lo sacudí un par de veces sobre la palma de mi mano izquierda para sacarle el polvillo y me deleité con unos mates que no saciaron mi hambre matutino, mas sí esas ganas de sentirme en un lugar conocido.

Todo era nuevo, todo era raro y me desbordaron esas ganas de descubrir que aún hoy me acompañan. Quise sacar fotos con mis ojos y grabar sonido con mis oídos. El día a día comenzó a trasformarse en una anécdota diaria y esas películas norteamericanas que vi durante veintidós años empezaron a mezclarse con mi realidad de todos los días.

Vida Cotidiana

“De un valle a otro”, contando un viaje (III)

Por Lucas De Cesco, el 27 de Marzo de 2008 -

Aguila Calva

“Debe el hombre ser valiente si a rodar se determina, primero, cuando camina; segundo, cuando descansa, pues en aquellas andanzas parece el que se acoquina.”

José Hernández,
Martín Fierro #466

Con un fuerte abrazo de mi primo y las palabras de aliento de mis amigos subí al vuelo DL110 con mi pie izquierdo, ya que no creo en supersticiones. Junto a mi asiento, un newyorkino de unos setenta años bien vividos y la pequeña ventana que me mostraba una Buenos Aires como nunca antes la había visto, hermosa, con su vestido de noche y sus caderas apoyadas en el Río de La Plata.

Shawn me contó con nostalgia de su adolescencia en Manhattan y de sus copas con Duke Ellington en una ciudad inundada de Jazz. Me hizo saludar a mi mamá por la pequeña ventana al tiempo que dejábamos atrás las luces de la ciudad y me recomendó un “Johnnie Walker en las rocas” para poder descansar.

Me acomodé los auriculares y sonaba Canibal Can, “Vas a querer volver”. Caí en un profundo sueño, recorriendo con el alma los caminos que me llevaron desde las frías aguas del mar argentino hasta las alturas de la cordillera andina, para despedirme de mi gente.

Al despertar, estábamos aterrizando en Atlanta, Georgia. Lo miré al viejito, que tenía cara de haber dormido una eternidad, y le dije recordando a Ray Charles: “Georgia on my mind…” Sonrió, nos deseamos buen viaje, me puse la campera, el gorro de lana y pisé, sin antes despedirme de las azafatas, suelo norteamericano.

Medio desorientado llegué a la cola de migraciones y, mientras me quedaba dormido parado, me detuve a observar las caras que me acompañaban en esa tediosa espera. Delante mío un israelí rezaba una plegaria y detrás tres argentinos —me da vergüenza llamarlos así—, vestidos en La Martina, con bronceado de cama solar y ese acento pedante de los barrios al norte de la Capital Federal, hablaban de algún partido de polo.

De pronto, comencé a escuchar aplausos y palabras de aliento y orgullo que inundaban la sala. Levanté la cabeza y sólo pude ver un collage de uniformes camuflados, cabezas rasuradas y sonrisas desesperadas. Mientras guardaba las manos en los bolsillos e intentaba hacer de mi silencio un símbolo, no pude ver en esos jóvenes más que ojos irritados por la arena y la sangre del desierto iraquí; a la espera de un futuro inevitable, de depresión, alcohol y painkillers.

Tomé mis valijas, acaricié al pequeño perro Beagle que las olfateaba en busca de narcóticos y, mientras pensaba en tomar unos mates, me encaminé al vuelo que me llevaría al valle al que tanto deseaba llegar; el Roaring Fork Valley.

El valle me esperaba con la tormenta de nieve más grande de la temporada. Mi piel no entendía cómo en dieciséis horas había pasado del sudor a la piel de gallina. El paisaje y el aire de “las rocallosas” me hicieron sentir tan vivo como lo hace el aire de la cordillera andina. Busqué cóndores en el cielo, pero me tuve que conformar con las caras serias de las nunca sonrientes águilas calvas.

Vida Cotidiana

“De un valle a otro”, contando un viaje (II)

Por Lucas De Cesco, el 10 de Marzo de 2008 -

eljebel.jpg

“Para mí el campo son flores dende que libre me veo; donde me lleva el deseo allí mis pasos dirijo, y hasta en las sombras de fijo que a donde quiera rumbeo.”

José Hernández,
Martín Fierro #166

El campo para unos, la ciudad para otros… Luego de dieciocho años en Neuquén y su hermoso Alto Valle, decidí dejar atrás los mates en el rió Limay, las noches en el mirador y la constante melodía del viento patagónico para ver que pasaba más allá, en la ciudad de Buenos Aires.

Compartí cuatro años con el ferrocarril General Roca, las líneas de subterráneo, los bondis fileteados y el tango en las esquinas de San Telmo. Supe extrañar el valle en el que había vivido toda mi vida y sobre todo, su gente. Con mis compadres neuquinos, compañeros de ese particular, mas no menos doloroso cautiverio, buscamos de mil formas rescatar esos momentos tan nuestros que nos brindaban las tardes anaranjadas de la Patagonia. Tomando mate en las terrazas, balcones y plazas buscábamos con los ojos a ese triste sol de otoño, que no tiene más remedio que ocultarse entre edificios y añorar los tiempos en los que bañaba con sus últimos rayos del día los fértiles campos de frutales y nuestras caras, en la plaza de las banderas.

Banfield me supo mostrar lo que es vivir en un barrio. Con la verdulería del boliviano, la fábrica de pastas del tano y el tereré de mi portero paraguayo, en las sofocantes tardes de Buenos Aires, entendí el significado de una ciudad cosmopolita. De a poco me fui acostumbrando al 90% de humedad diario, el frio que se cuela en los huesos y el calor que no deja soñar. Me enamoré de los bares de San Telmo, resbalé varias veces en el empedrado mojado por la garúa y maldije a las gotas que caen de los aire acondicionados.

Cuatro años en Buenos Aires no es mucho, ni es poco, quizás suficiente, si se trata tan solo de una de las paradas del viaje. Era hora de volver al valle, no al que me vio nacer sino a otro. Desarmé lentamente mi departamento poniendo en cajas mis discos, herramientas, nostalgias y libros. Guardé cuidadosamente la “escena porteña” pintada por mi abuelo Francisco junto a su escultura abstracta que aún hoy toma un nuevo sentido. Me despedí de mis familiares y amigos desde Santa Clara del Mar hasta Copahue, pasando por José Mármol y la ciudad de Neuquén. Guardé en mi memoria los sabores del asado, los aromas del buen vino y las voces de mis queridos. La sal del mar de Enero, y las cenizas del volcán Copahue abrazaron mi piel para cubrirla del frió y la incertidumbre.

Y así, por demás preparado, tomé mi pasaporte argentino y volé durante dieciséis horas, con sus minutos, hasta el poblado de El Jebel, en el estado de Colorado, de los Estados Unidos de América.

Vida Cotidiana

“De un valle a otro”, contando un viaje (I)

Por Lucas De Cesco, el 28 de Febrero de 2008 -
“Mi gloria es vivir tan libre
como el pájaro del cielo
no hago nido en este suelo
ande hay tanto que sufrir
y naides me ha de seguir
cuando yo remuento el vuelo”.

José Hernández,
Martín Fierro.

El viajar es algo a lo que no todo el mundo se anima. Supongo que es algo en la sangre que nos lleva a quedarnos en un lugar o bien, movernos a través de las fronteras. La historia de mi familia ha sido marcada desde un comienzo por la migración y la búsqueda de nuevos paisajes. Mi abuelo Lucas, nacido en El Esparragal, España, se embarcó a sus trece años de edad en un viaje que cambiaría su vida. Movido por la situación de su país, viajó durante veinticuatro días con sus noches hasta el puerto de la ciudad de Buenos Aires.

Mi abuelo Francisco, nacido en Colonia Margarita, provincia de Santa Fe, tomó el tren a la Capital Federal una mañana de sus dieciocho años. Supongo que fue su sangre la que lo movió a conocer algo más que el campo en el que había nacido, un nuevo horizonte, una nueva aventura. Llegó a la gran ciudad con un pequeño bolso, un papel con una dirección a donde ir y, seguramente, algunos salamines y pan con chicharrón para llevarse con él algo de ese sabor del campo. Durmiendo clandestinamente en una pensión y demostrando sus habilidades jugando a las bochas con los adinerados comenzó su viaje, que sin saberlo, lo llevaría muy lejos.

Unos cuantos años más tarde mis padres, nacidos en la Capital Federal, decidieron ir en busca de un nuevo paisaje, su propia aventura, en el entonces desolado suelo del Alto Valle neuquino. Este paisaje árido, con sus bardas, sus infértiles médanos y constantes vientos supo calar en cada uno de ellos y en la sangre que también corre por mis venas, la nostalgia de lo que queda atrás y la intriga de lo que está por llegar.

Aquella noche de octubre, ventosa seguramente, como todas las noches primaverales de Neuquén, sentí el aroma del polvo que se cuela por debajo de las puertas por primera vez. Los ojos de mi padre, repletos de pequeñas lágrimas, no sólo por mi llegada, más por esa primavera que como todas las primaveras del valle lo invaden de alergia, estornudos y pañuelos, supieron hallar en mí un dejo de ese espíritu viajero, esa pulsión, que no ha parado de viajar en la sangre de mi familia a través de las generaciones.

Ésta es la primera de las entregas -a modo de presentación- de nuestro amigo Peluca, aventurero argentino en El Jebel, Colorado. Nos va acompañar con sus observaciones desde gringolandia mientras dure su estadía en aquellas tierras. ¡Salud y bienvenido, Pelu!

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