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Vida Cotidiana
“De un valle a otro”, contando un viaje (V)

Las mañanas en la montaña me llenaron con eso que sólo el volcán Copahue sabía darme. Cuatro montañas conforman el centro de ski: Aspen, Highlands, Buttermilk y Snowmass. Cada una de ellas tiene un ingrediente distinto y el sol las baña de una forma particular. Viviendo y trabajando en ellas descubrí códigos que llamaron mi atención y a los que no me costó acostumbrarme.
En mi supuesto primer día de trabajo, al llegar a la oficina con Elliot, me sorprendió ver a mi jefe, Stu, con ropa de ski. Nos saludó y dijo algo así como: “¿Ustedes pretenden trabajar después de las quince pulgadas de nieve que cayeron anoche?” Todavía medio dormido y desorientado me pregunté si era esa una trampa al estilo “Método Gronholm” para detectar cuán vagos éramos o si este hombre calvo, en cuya oficina se pueden ver posters de Led Zeppelin, Jimmy Hendrix y Rush junto a una colección de seis guitarras que van desde una Gibson Les Paul custom hasta una Fender Stratocaster U.S.A., hablaba en serio. Cuando quise acordarme estábamos en su camioneta en dirección a Snowmass.
Las charlas en las aerosillas cumplen la función de las charlas en los barcitos de San Telmo. El aire con poco oxígeno te ablanda como el fernet con coca y la melodía del viento al pasar por entre los árboles hace las veces de ese tango que se cuela por las ventanas. Stu me preguntó cómo andaban las cosas por Argentina y le dije que un poco mejor. Me contó un poco de su historia: su adolescencia en California y algunos de los pasos, que en Aspen, lo llevaron de lavacopas en un restaurant a presidente de la compañía de sonido e iluminación para la que trabajo.
Hicimos la primera bajada en “The Wall”, con nieve hasta las rodillas y ese aire fresco en la cara que te hace acordar qué tan bueno es estar vivo. De nuevo en la aerosilla, pero esta vez con Danny, de 20 años, hablamos de vicios y sueños. Me contó que el suyo es irse a Alaska para hacer el curso de guía de heliskiing y armar excursiones con su mejor amigo Dane, piloto de helicópteros, cuando vuelva de Irak. Le pregunté cómo se sentía con respecto a la guerra y al contarme entendí muchas cosas. Me dijo que hoy en día existen dos tipos de soldados en Irak, los que se alistaron por una tradición familiar y un sentimiento de patriotismo, y los que simplemente quieren llevar el videojuego de matar gente al próximo nivel.
Dane es hijo de excombatientes de la Guerra del Golfo y nieto de un excombatiente de la Segunda Guerra Mundial. En quinto año, cuando todos contaban qué iban a hacer al término de la secundaria: estudiar medicina, ingeniería, jugar al fútbol americano para alguna universidad, él les contaba que antes de cumplir sus diecinueve años iba a estar volando hacia Irak.
De a poco me fui dando cuenta de cuán distinta es la vida en un país con una fuerte tradición bélica y en un pueblo en el que las montañas, sin quererlo, pasan a formar parte de uno.
Vida Cotidiana
“De un valle a otro”, contando un viaje (III)

José Hernández,
Martín Fierro #466
Con un fuerte abrazo de mi primo y las palabras de aliento de mis amigos subí al vuelo DL110 con mi pie izquierdo, ya que no creo en supersticiones. Junto a mi asiento, un newyorkino de unos setenta años bien vividos y la pequeña ventana que me mostraba una Buenos Aires como nunca antes la había visto, hermosa, con su vestido de noche y sus caderas apoyadas en el Río de La Plata.
Shawn me contó con nostalgia de su adolescencia en Manhattan y de sus copas con Duke Ellington en una ciudad inundada de Jazz. Me hizo saludar a mi mamá por la pequeña ventana al tiempo que dejábamos atrás las luces de la ciudad y me recomendó un “Johnnie Walker en las rocas” para poder descansar.
Me acomodé los auriculares y sonaba Canibal Can, “Vas a querer volver”. Caí en un profundo sueño, recorriendo con el alma los caminos que me llevaron desde las frías aguas del mar argentino hasta las alturas de la cordillera andina, para despedirme de mi gente.
Al despertar, estábamos aterrizando en Atlanta, Georgia. Lo miré al viejito, que tenía cara de haber dormido una eternidad, y le dije recordando a Ray Charles: “Georgia on my mind…” Sonrió, nos deseamos buen viaje, me puse la campera, el gorro de lana y pisé, sin antes despedirme de las azafatas, suelo norteamericano.
Medio desorientado llegué a la cola de migraciones y, mientras me quedaba dormido parado, me detuve a observar las caras que me acompañaban en esa tediosa espera. Delante mío un israelí rezaba una plegaria y detrás tres argentinos —me da vergüenza llamarlos así—, vestidos en La Martina, con bronceado de cama solar y ese acento pedante de los barrios al norte de la Capital Federal, hablaban de algún partido de polo.
De pronto, comencé a escuchar aplausos y palabras de aliento y orgullo que inundaban la sala. Levanté la cabeza y sólo pude ver un collage de uniformes camuflados, cabezas rasuradas y sonrisas desesperadas. Mientras guardaba las manos en los bolsillos e intentaba hacer de mi silencio un símbolo, no pude ver en esos jóvenes más que ojos irritados por la arena y la sangre del desierto iraquí; a la espera de un futuro inevitable, de depresión, alcohol y painkillers.
Tomé mis valijas, acaricié al pequeño perro Beagle que las olfateaba en busca de narcóticos y, mientras pensaba en tomar unos mates, me encaminé al vuelo que me llevaría al valle al que tanto deseaba llegar; el Roaring Fork Valley.
El valle me esperaba con la tormenta de nieve más grande de la temporada. Mi piel no entendía cómo en dieciséis horas había pasado del sudor a la piel de gallina. El paisaje y el aire de “las rocallosas” me hicieron sentir tan vivo como lo hace el aire de la cordillera andina. Busqué cóndores en el cielo, pero me tuve que conformar con las caras serias de las nunca sonrientes águilas calvas.
Vida Cotidiana
“De un valle a otro”, contando un viaje (I)
como el pájaro del cielo
no hago nido en este suelo
ande hay tanto que sufrir
y naides me ha de seguir
cuando yo remuento el vuelo”.
José Hernández,
Martín Fierro.
El viajar es algo a lo que no todo el mundo se anima. Supongo que es algo en la sangre que nos lleva a quedarnos en un lugar o bien, movernos a través de las fronteras. La historia de mi familia ha sido marcada desde un comienzo por la migración y la búsqueda de nuevos paisajes. Mi abuelo Lucas, nacido en El Esparragal, España, se embarcó a sus trece años de edad en un viaje que cambiaría su vida. Movido por la situación de su país, viajó durante veinticuatro días con sus noches hasta el puerto de la ciudad de Buenos Aires.
Mi abuelo Francisco, nacido en Colonia Margarita, provincia de Santa Fe, tomó el tren a la Capital Federal una mañana de sus dieciocho años. Supongo que fue su sangre la que lo movió a conocer algo más que el campo en el que había nacido, un nuevo horizonte, una nueva aventura. Llegó a la gran ciudad con un pequeño bolso, un papel con una dirección a donde ir y, seguramente, algunos salamines y pan con chicharrón para llevarse con él algo de ese sabor del campo. Durmiendo clandestinamente en una pensión y demostrando sus habilidades jugando a las bochas con los adinerados comenzó su viaje, que sin saberlo, lo llevaría muy lejos.
Unos cuantos años más tarde mis padres, nacidos en la Capital Federal, decidieron ir en busca de un nuevo paisaje, su propia aventura, en el entonces desolado suelo del Alto Valle neuquino. Este paisaje árido, con sus bardas, sus infértiles médanos y constantes vientos supo calar en cada uno de ellos y en la sangre que también corre por mis venas, la nostalgia de lo que queda atrás y la intriga de lo que está por llegar.
Aquella noche de octubre, ventosa seguramente, como todas las noches primaverales de Neuquén, sentí el aroma del polvo que se cuela por debajo de las puertas por primera vez. Los ojos de mi padre, repletos de pequeñas lágrimas, no sólo por mi llegada, más por esa primavera que como todas las primaveras del valle lo invaden de alergia, estornudos y pañuelos, supieron hallar en mí un dejo de ese espíritu viajero, esa pulsión, que no ha parado de viajar en la sangre de mi familia a través de las generaciones.
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