Más de una vez caímos en la necesidad de desahogarnos luego de emprender algún que otro recorrido en el transporte público de pasajeros. Es que los bondis de nuestro Alto Valle dejan mucho que desear: andan con las ruedas pinchadas, cargan combustible con gente a bordo, amasijan a los pasajeros como ganado, permiten la lluvia de rulemanes en su interior y llevan al volante a una tropa de entusiastas kamikazes posmodernos.
Hace algunos días llegó a mis manos un simpático cuadernillo perteneciente a la Campaña Nacional de Lectura (auspiciada por el Ministerio de Educación y la Presidencia de la Nación en conjunto con la Sociedad de Escritoras y Escritores de la Argentina) con tres poemas de Héctor Kalamicoy, llamado “Introducción a un feo lugar”. Confieso que los primeros dos me resultaron algo chocantes pero no puedo negar que el tercero me provocó una vomitiva y relajante catarsis. Aquí, me tomo el atrevimiento de transcribir algunos de sus versos:
El colectivo rojo con sus manzanitas, un contenedor con ruedas, y yo me acordé cuando trabajaba en las cámaras de frío y pensaba que iba a llegar un contenedor, como un gran tupper, con mil chinos podridos y remuertos, dentro.
No hay dudas que con eso bastaría como muestra para saber que el amigo poeta tiene fobia a la empresa de colectivos regional, pero vemos como sigue:
Ahora el colectivo monopoliza y mete mil de nosotros dentro y el chofer p#t@ aborto, p#t@ pasivo, p#t@ pendejo, p#t@ colaborador, grita: ¡no hay cambio! ¡atrás hay espacio!, que qué se piensa la gente y la multitud que mira toda apretada, como unos corderos colgados y yo pienso que si vamos a rebelarnos ¿Ahora? Matemos al chofer y a los milicos que viajan sin pagar y ocupan los asientos, matemos al chofer. Y después vayamos por el dueño de la empresa y colguémoslo también, como a Mussolini, pero de las bolas! [...]
No sé si este va a ser un gran aporte a la literatura de la blogósfera, pero seguramente encontrará identificaciones en nuestro querido Comahue. Mientras tanto, nosotros seguiremos viajando como “corderos colgados” e improvisaremos versos como esos cada vez que nos subamos a un “colectivo rojo con sus manzanitas”.
SebaVida Cotidiana
21 de Agosto de 2008 Compartilo
Osvaldo Soriano es quizás, junto con Roberto Fontanarrosa, uno de los escritores argentinos que más se ha volcado al fútbol como elemento de inspiración en sus piezas narrativas. Muchos de sus cuentos tienen que ver con el rodar de la pelota, con historias de delanteros y directores técnicos delirantes. Sus historias deambulan por el Mundo, pasean por canchas y parajes inhóspitos. Son geográficamente impredecibles, pero curiosamente algunos recalaron en un lugar familiar para nosotros: el Alto Valle.
Desde sus inicios como escritor, Soriano destacó su relación con el fútbol y admitió haber jugado en equipos de la zona. De hecho, se conoce que defendió los colores de Deportivo Confluencia, un club cipoleño que militaba en torneos regionales, allá, a fines de la década del ‘50.
Sus cuentos combinan ficción con experiencias personales. Muchas veces se presenta como el protagonista de las historias más allá de la veracidad de éstas. “A orillas del río Limay estaba la cancha, rodeada por un alambre tejido y una tribuna de madera para cincuenta personas”, así describe Soriano a la cancha de “Barda del Medio”, uno de los equipos invencibles de sus relatos.
Personajes de los más conocidos de su obra han caminado por tierras valletanas. Los directores técnicos “Orlando El Sucio” y “Míster Peregrino Fernández” son dos de los hombres que dirigieron a los equipos que creó en los cuentos. Además, “Míster Peregrino” es protagonista de la última serie de relatos que escribió Soriano antes de morir, en 1997.
En Allen está quizás el escenario más importante del Valle en lo que respecta a la narrativa de Soriano. Es que se inspiró en la cancha del club “Estrella Polar” para escribir uno de sus más atrapantes cuentos: “El penal más largo del Mundo“. Su descripción del Club es imperdible:
“Estrella Polar era un club de billares y mesas de baraja, un boliche de borrachos en una calle de tierra que terminaba en la orilla del río. Tenía un equipo de fútbol que participaba en el campeonato del valle porque los domingos no había otra cosa que hacer y el viento arrastraba la arena de las bardas y el polen de las chacras.”
Todos sus cuentos, relatos, notas y crónicas relacionadas con el fútbol pueden ser leídas en la compilación “Arqueros, Ilusionistas y Goleadores“. Vale la pena recorrer el camino de sus anécdotas, esas que son contadas con el cerebro de un gran escritor, pero con el alma de apasionado centrofóbal.
SebaCapital Cultural
14 de Noviembre de 2007 Compartilo