General
25/05: sabemos de qué se trata

Mis más tiernos recuerdos del 25 de mayo provienen de la primaria. Allí, y de acuerdo a la necesidad de formar adeptos para el Estado Nación, me enseñaron a querer símbolos como el cabildo, la primera junta (que hube de memorizar) y el pueblo que, bajo la lluvia, gritaba que quería saber de qué se trataba.
Tengo ese relato grabado a fuego, con algunas distorsiones comerciales, como el dibujo de Anteojito disfrazado de Saavedra, pero grabado al fin.
Mientras yo lo aprendía obedientemente comenzaba en Argentina un período florido e inexplicable: el período menemista. Cuando este abogado riojano tomaba decisiones -decreto mediante- el pueblo -baqueteada palabra- no preguntaba de qué se trataba. Compraba electrodomésticos en cuotas y se iba a Miami a broncearse con el sol libertario del país del norte.
Unos años antes -6 aproximadamente- se había cerrado el trabajo fino de un gobierno ilegitimo y tiránico de eliminar a toda una generación que sabía de qué se trataba y lo decía en voz alta. El pueblo que restaba era una mezcla medio rara de gente que seguía de pie, gente que se había puesto un precio y gente que aprovechaba las increíbles ofertas. Lástima que la música funcional de los supermercados no nos dejó oír las voces de advertencia. Lástima.
De a poco, Carlos Saúl Menem, virrey por aquellos tiempos germinales, fue vendiendo todo. Luz, gas, agua, recursos energéticos, telefonía, medios, etc. Estaba bien, había que deshacerse de esos mamotretos burocráticos y grises, ineficientes y costosos, y dejárselos a otros que ya estaban cancheros, que sabían de management, marketing, design, publicidad, packaging, merchandising y sobre todo, de saqueo.
¿Estuvo bien? Y no, la verdad que no. Pero el que chistaba era candidato a los gases lacrimógenos o a la indiferencia. O a lo uno primero y después a lo otro.
Así se nos pasaron ¿cuántos? ¿10 años? Y en el medio, las marchas de los jubilados, de las Madres, la carpa docente, huelgas, desmonte industrial, reforma de la Constitución, José Luís Cabezas, Amia, y más, mucho más. Evidentemente había muchos que sabían de qué se trataba. Pero ya nadie quería escucharlos. En nuestros minicomponentes ya sonaban las Spice Girls y los Back Street Boy’s. La “100” tenía mejor repertorio que la calle.
¿Y ahora? No, esto no es una película de cine catástrofe, en la que el joven de mejillas cuadradas logra que después de la tormenta amanezca despejado. Pero las cosas han cambiado considerablemente. A muchos se nos quemaron los equipos de música y no nos quedó otra que empezar a escuchar esa música incomoda que venía de la rúa (cualquier parecido con la realidad…). Aquello que nuestra clase dirigente nunca dijo, y además se esforzó imaginativamente en ocultar, eso, lo estaba diciendo la Sociedad Civil.
La Sociedad Civil no es la panacea. Pero es una opción, frente a la democracia burguesa, la privatización y fragmentación de la política y la retirada de las bases de los partidos tradicionales. Ignorando aquello que expresa el artículo 22 de la Constitución Nacional, que el pueblo no gobierna ni delibera, sino por medio de sus representantes y autoridades, los movimientos sociales empiezan a dar forma a un nuevo tiempo en Argentina y, claro, en toda Latinoamérica.
Digo que no es la panacea, porque hay un necesario trabajo por delante y no sabemos hacia donde se dirigirán algunas organizaciones en unos años. Pero sí es legítima la denuncia y la acción. En sus declaraciones más lúcidas la voz es clara: es preciso un sistema que no se valga de los pobres para alimentar la hoguera de sus vanidades.
El 25 de Mayo de 1810 se revolucionó el sistema político de la incipiente patria. En ese entonces, el mango de la sartén ya lo sostenían las elites. Y había en la plaza algunos que esperaban la salida de algún miembro de la Primera Junta, para que les contara de qué se trataba. Pero seguramente, en los rincones del territorio ya existían quienes sabían de qué se trataba y se reunían en las calles a discutirlo.
Cerquita de los dos siglos después de aquellas épocas revolucionarias nos quedan algunas decisiones por tomar. Ya no hay carlotinos, revolucionarios o monarquistas. Podemos subir el volumen de nuestros Mp3, mandar mensajes de textos para votar a nuestro candidato a vaya a saber qué, o cliquear sobre la opción que mas nos convenza. Pero siempre nos queda la posibilidad de oír lo que dice la calle. Y unirnos a ella.
Citas
Gatillo fácil
El dinero es un arma. La política es cuando saber apretar el gatillo.
- Don Luchessi, en El Padrino III.
Medios
El bueno de Marcelo
La risa se transforma en carcajada estridente, multiplicada por una masa de otras tantas risas metamorfoseadas. Las pupilas se contraen frente a los colores alegres y fuertes. Las luces y los ruidos no dejan lugar a los presagios. Todo está calculado milimétricamente, en un rectángulo aséptico y sintético, limpio y agradable.
En casa “suenan palmas por alegrías”. Sube desde la cocina la hipnótica invitación y los cuerpos y las mentes se preparan para una descarga intermitente de energía positiva y felicidad prefabricada, con dosis de compasión y pateticidad, que nos recuerdan que no todos son tan afortunados como nosotros.
Comienza, como cada noche, en esa tradición de días hábiles, otro capítulo de “Showmatch” conducido por el neo-filántropo Marcelo Tinelli. El bueno de Marcelo.
Una mujer sorda que sueña con oír la voz de su hija; una chica que quiere tapar las goteras de su humilde morada, porque el techo gotea justo sobre la cabeza de su hermana paralítica; una aburrida ama de casa que quiere conocer el pueblo de sus abuelos, perdido en las anticuadas estructuras de una Europa aplastada por el Modernismo.
Ya no hay que sufrir. Marcelo llegó para cumplir sus sueños. Solo nos queda participar mandando un SMS, lo que nos transforma en constructores activos de una obra de bien. Tendremos que elegir que personaje nos estruja más el corazón, o al que nos parece esconder un motivo más egoísta, para endiosarlo o demonizarlo mediante las teclas de nuestro celular.
A no engañarse, señora, señor. Usted llora y Marcelo llora. Los famosos bailan por los sueños de los ignotos participantes. Y nosotros podemos ayudar… No me haga reír. Y no empiece con que, “aunque sea hace algo” o con que “Marcelo cambió mucho” (como le oí decir a una mantecosa señora en la peluquería).
Muestra más que evidente del postmodernismo televisivo, Tinelli (híbrido extraño de un Franco Bagnato que busca gente, un Julían Weich que cumple sueños y da sorpresas y una Susana Giménez que busca talentos entre los desperdicios que le dejó Operación Triunfo) pone delante de cámara lo que vende. Si su hermana es invalida y el techo le llueve encima, estará en “Showmatch”, mientras genere un pico de rating y un moqueo espontáneo en el televidente. Secadas las lágrimas y caído el rating, usted será una persona más, con una hermana invalida con techo sin goteras, pero le aseguro, con el mismo grado de exclusión social anterior a la exposición mediática.
Nos duela o no, las buenas intenciones de este conductor siglo XXI tienen que ver con engrosar sus arcas. Como en algún momento lo logró riéndose de la gente mediante camaritas escondidas en la aceituna de la pizza de su víctima, hoy lo logra haciendo llorar a sus espectadores. Entonces los castings que recorren el país federalizando el producto, estarán atentos a la más patética de las historias, obligando a la gente sencilla a maquillarse, vestirse con lentejuelas y actuar para la cámara, por una dádiva que dependerá del minuto a minuto y del porcentaje de votos recibido y no del buen corazón de Marcelo y de sus garantes, dignos de confianza.
En este asunto de la ayuda social, no creo en los escapes mediáticos del tipo “Bailando por un sueño”. Logran, con astuta narcotización emotiva, que nos identifiquemos con el sueño del participante de turno, que sintamos que podríamos ser nosotros o uno de los nuestros. Eso nos invita irresistiblemente a participar con nuestro voto, lo que nos dejará la tranquilizadora sensación de haber hecho algo para que el mundo sea mejor. Detrás de todo ese maravilloso sistema de teleayuda al prójimo, el dinero sigue circulando, en una sola dirección e, insisto, los marginados siguen siendo marginados, las responsabilidades del Estado siguen sin asumirse y de a poco vamos aprendiendo a relatar nuestras miserias, dando por sentado que eso nos hace merecedores de la atención material de los magnates massmediáticos y sus capitales.
Si el bueno de Marcelo quisiera ayudar, podría hacerlo fuera de cámara, claro que no sería rentable. Fuera de cámara sus actividades distan mucho de merecer el aplauso.
Este texto es víscera rebelde, que se proclama en contra de Tinelli (solo como referente de un grupo amplio y creciente de conductores solidarios). Señora, señor, no tenga miedo de apagar la televisión. Si no hay nada para ver, por qué mirar a la nada. No, no va a cambiar el mundo. Pero al menos tendrá menos probabilidades de terminar creyendo que Tinelli merece un premio Nobel a la paz.
Vida Cotidiana
No sos lo mejor que me pasó
Mientras pago el boleto, repaso mentalmente si traje algún material para leer en el camino de 20 minutos hasta casa. Me cuesta concentrarme, porque el viaje en colectivo es uno de los placeres que me regala la vida, especialmente cuando llueve o hace mucho frío. El grito de la conciencia me vuelve rápidamente a la fotocopia, después de unos minutos tratando de adivinar la vida de la mujer que subió con un rostro agotado y se sentó a mi lado, o el destino de aquella que no pudo seguir con nosotros por diez centavos.
Cuando ingreso a mi hogar, veo la televisión encendida en el momento de la peor droga: Los Simpson. Vengo de cursar ocho horas, pienso, como justificando mi hipnótica acción. Claro que difícilmente disfrute de las burlonas representaciones homerísticas de la idiotez yanqui. El peso de los exámenes próximos no se bajó de mis espaldas cuando solté el bolso sobre la silla.
Ceno e inmediatamente me propongo sentarme a estudiar. A las dos páginas, mis ojos lloran de agotamiento. El reloj no perdona. Ya es casi medianoche. Y mañana, suspiro, hay que levantarse cinco y media. ¿Preparo mate y sigo? ¿O me acuesto un rato? Una vez en la cama el techo me llama la atención por mi cómoda posición. Me dice: ¿Por qué tan tranquila? ¿Ya hiciste el práctico que tenés que entregar mañana? Me siento en la cama de un salto. No, por supuesto que no lo hice. Ni siquiera leí las fotocopias…
A las cinco y media suena irónicamente el despertador. Lo miro con lastimosa petición… Cinco minutitos más, por favor. Pero no contesta, sino que sigue sonando.
Sé que tengo que levantarme a estudiar, porque a las ocho hay que ir a trabajar. Hoy salgo a las 12, ¿no? Entonces, entre las doce y las tres, horario en que entro a cursar, puedo hacer el práctico.
En la cocina de casa es difícil estudiar. Siempre hay gente entrando y saliendo, charlando o pasando simplemente. Por eso la madrugada es el mejor horario. Preparo el mate, por supuesto. La bombilla me da unos buenos días amargos y sin permiso. Me siento y leo, leo a contra reloj, porque sé que son 25 copias y tengo que terminarlas para las siete. ¿Voy entendiendo algo? No, no creo. Hace meses que no entiendo lo que leo. Solo sé que leo, porque después tengo que escribir, escribir, algo tengo que escribir.
En el trabajo tampoco hay mucho tiempo para procesar, porque allí, justamente trabajo. La mañana fue agotadora. Muchas notas y muchos temas que preparar, para el programa de la tarde. A las doce y cuarto salgo de la radio. Ya perdí quince minutos… ¿Dónde los perdí? Llego a casa y paso como un bólido a la computadora. Escribo, escribo, escribo. Dos páginas eran ¿No? Claro, dos. ¿Qué decía el autor sobre esto? En alguna parte estaba, yo sé que lo ví.
Imprimo y salgo con el práctico calentito bajo el brazo. Empiezo a pedalear con todas mis fuerzas, pero me doy cuenta de que las piernas no responden con todas las ganas que deberían. Así que, lentamente, sigo camino, y aprovecho a mirar los colores lindos del otoño.
Cuando llego a la Facultad, me siento en el aula y la mañana agitada se me viene encima. Alguien habla sobre la investigación y cosas por el estilo. ¡Qué linda la investigación! Pienso yo. Eso quiero hacer algún día. Los ojos se cierran con la modorra siestina. ¿Preparo mate? Dale, dice la rubia, que esta igual o peor que yo. Sé que sin opciones, tengo que estar en esa aula hasta las nueve de la noche. Afuera se levanta viento. Solo puedo imaginar lo difícil que va a estar la vuelta en bici, con viento, frío y subida. El anuncio del parcial para dentro de quince días me baja de mis sufrimientos futuros. ¿Cómo parcial? ¿Si yo todavía no leí nada del material? Pero la profesora quiere llegar con el programa, porque sino nos queda la materia a la mitad.
A las nueve salimos arrastrándonos por esos pasillos helados. Yo todavía sufro anticipadamente la pedaleada que me espera. Y al llegar a casa… otra vez la misma historia.
Cuando era chica y soñaba con mi futuro, me relamía pensando en el día en que estuviera en la Universidad, estudiando lo que tanto quería. Hoy estoy viviendo mi futuro. Y cuando quiera darme cuenta será mi pasado, y no lo habré disfrutado.
Mi vida y la de tantos se ha convertido en una carrera contra reloj, en la que no pueden existir tiempos muertos, ni mates en la plaza ni obras de teatro, ni techos sin reproches.
¿Dejar materias? No, ni pensarlo, mis viejos me están bancando, porque con mi sueldo apenas me alcanza para fotocopias. No puedo vivir de prestado más de la cuenta, porque a ellos tampoco les sobra. Tengo que terminar mi carrera a tiempo, porque claro, mi hermano deja el secundario en dos años y se quiere ir a estudiar afuera. Y a él también hay que bancarlo. Yo, para ese entonces tengo que tener mi título y mi sueldo de hambre para sostener mi propia miseria.
¿Y el trabajo? ¿Por qué no dejar el trabajo, si de todas formas el sueldo no es tan bueno? No, menos que menos. Me da experiencia, plata para fotocopias, que probablemente no llegue a leer, contactos… Y decir que no a un trabajo en Argentina, me da culpa. Yo tuve suerte de que me llamaran sin pedirlo. Mirá cuantos hay que pasan meses sin conseguir nada.
El sistema le ha quitado implacablemente el potencial de disfrute a sus víctimas. Claro que hay una salida. Pero hoy parece que el sistema siempre gana. Si quiero distraerme lo hago con cosas que el sistema prepara para eso. Si quiero estudiar lo hago en sus tiempos y con sus lógicas. Si simplemente no hago nada, también utilizo las culpas que él ha preparado para mi conciencia. No pregunten cómo, pero a pesar de estas certezas, tengo la impresión de que en lo más profundo de mi ser está la ruptura. Y esta visión de mi vida es un principio. Es comenzar a decirle a ese Gran Hermano, hey! No sos lo mejor que me pasó.
Y puedo ganarte, porque se que te desespera que no me apure, que no siga tus reglas. Y ganarte no es adelantarme o alcanzarte, ni siquiera es imitarte, sino simple y terriblemente, frenar, saborear, detenerme y eliminar los relojes. Ganarte fue escribir esto.
Vida Cotidiana
Elogio a la bicicleta
La semana pasada me empapé tres veces con mi bicicleta. Llegué a todos lados calada hasta los huesos, gracias a las inundadas calles de la ciudad, y a los irritantes automovilistas que, astutamente, se acercan y aceleran cuando tienen cerca a un ciclista y un charco.
Mientras viajaba en mi transporte pensaba que aun así, embarrada y congelada como estaba, no cambiaría por nada mi manera de circular por la vida. Es decir, en dos ruedas.
Parecerá ilógico, pero si lo piensan, existen innumerables beneficios, algunos menos concretos que otros, proporcionados por el uso de la bicicleta y el consecuente rechazo del automóvil.
Hago ocho o diez kilómetros diarios entre universidad, trabajo y otras hierbas, todos sobre ese querido artefacto. Y me he dado cuenta de algunas cosas que paso a describir:
- La bicicleta nos introduce directamente en la vida social, a diferencia del auto, que nos aísla del exterior. En la bici, tengo que ir pensando en el que viene por la derecha, por la izquierda, en el que cruza con su perro, en el que dobla, en el que no me vio, etc. Eso me obliga a prestar atención, no solo a mi persona sino al otro. El automovilista, sobre sus poderosos caballos de fuerza, se olvida fácilmente de los seres humanos que están a su alrededor. Y cree, e intenta demostrar permanentemente, que tiene el poder en la rúa.
- Cuando hace frío, y como sé andar sin manos, puedo calentar mis dedos en los bolsillos de mi campera. El automovilista que debe luchar contra el funcionamiento de la calefacción no puede poner sus manos en los bolsillos, porque el auto no se acomoda a las órdenes del cuerpo, sino que demanda y al pobre conductor solo le queda obedecer (o apagar el motor y demostrar nuevamente quien tiene el poder, tornando infructuosa la utilización del mamotreto gasolínico).
- Desde la bici, y ahora que el sol levanta tarde, puedo ver la luna enorme y redonda sobre el charco azul del cielo. Usted, que va debajo del techo de su confortable transporte, ¿la puede ver?.
- Como sufro de “retraso agudo por deficiencia de tiempo sobrante” no tengo espacio para dedicarle al ejercicio físico. Andar en bici me reporta una gimnasia casi obligatoria. Si quiero llegar, tengo que pedalear, y los médicos aseguran que eso me evitará innumerables enfermedades y alargará por mucho mis días (salvo, pequeño detalle, que sucumba bajo las ruedas de una máquina más poderosa, como por ejemplo un auto).
- En verano, como tampoco puedo tirarme a tomar sol, sobre la bici y de cara al pavimento caliente y reflectante, me bronceo, sino con uniformidad, al menos con más uniformidad que un automovilista, que está condenado a broncearse solo de un lado.
- No contamino. Y el auto si.
- No soy peligrosa para mis prójimos ciclistas y peatones. Difícilmente pueda matar a alguien con mi rodado 26.
- Con buena voluntad, puedo llevar a una persona en mi portaequipaje. Claro, un automovilista podría llevar a dos, tres y hasta cuatro personas en el interior del vehículo, pero no sentiría el placer que siento yo, cuando, con la lengua afuera, alcanzo la cima, con la felicidad de haber hecho algo bueno por alguien sin haber hecho algo malo por muchos (porque, como dije, no contamino, y el auto si). Y al final del viaje, no pido plata para la nafta o el gasoil.
- Soy económica, no ocupo lugar en las calles, ni genero embotellamientos.
- No hago demasiado ruido. ¿Han circulado por las ruas de una ciudad pequeña, en una madrugada de día de semana? Todo suena más fuerte, porque no hay escandalosos caños de escape o motores satánicos que acallen los pocos sonidos naturales que quedan en nuestra cementada jungla.
Por supuesto que existen algunos motivos que podrían ejercerse a favor del automóvil. La velocidad de desplazamiento por ejemplo. Pero, teniendo en cuenta que en la bici y en trayectos urbanos se puede hacer un tiempo considerable, este argumento no me parece válido. Los factores climáticos si parecen ser una verdadera oposición a la afición ciclística. Yo lo veo como la parte heroica del asunto. En toda militancia hay sacrificios. En la de la bicicleta, también.
Otros dirán que una bici no sirve para grandes distancias. Y tendré que asentir, pero no sin antes decir que en estas situaciones me declaro a favor del transporte público colectivo. Tal vez éste sea tema para otra columna pero, si bien se mira, el colectivo es útil para ir lejos, nos permite mirar por la ventanilla o curiosear a gusto a los demás itinerantes, nos aleja de la soledad del automóvil, y si bien contamina, no lo hace tan brutalmente como los millones de autos que circulan por las calles.
Si, si, argumentos sobran para derrumbar todas mis tesis. Y después de todo, no creo que un automovilista apurado por llegar abandone sus pretensiones de confort por una bicicleta. El punto es que él quiere llegar. Yo prefiero perderme un poco en el viaje, oxigenar la cabeza y desde luego, llegar más humana al final del trayecto, que muchas veces cambia sobre la marcha. Ahí va la diferencia más deliciosa entre el uno y el otro: sobre el auto, quien llega intacto físicamente puede darse por satisfecho, ni su cuerpo ni su aislada mirada habrán sufrido daños. Sobre la bicicleta, nadie llega espiritualmente intacto a destino.
General
La feria ¿del libro?

Fue un exitazo. La feria del libro 2006 fue visitada por “nosécuantos” ciudadanos y se vendieron “unmontón de libros”. Pero ¿vieron la lista de libros más vendidos? Una lista triste, pero mágica y misteriosa. Harry Potter, Las crónicas de Narnia, El Código Da Vinci, Los mitos argentinos…
Emoción, magia, suspenso, misterio, enigmas religiosos e históricos, verdades ocultas y vaya a saber cuantas cosas más. Todos los libros que figuran en la lista de más vendidos (best seller) han tenido casualmente su versión televisiva o cinematográfica. Es tal vez injusto decir que todos ellos han vendido una cantidad impresionante de libros gracias a la generosa fama dispensada por la TV o el cine.
Felipe Pigna revolucionó el ambiente histórico académico de rancia tradición con sus historias de próceres humanos y verdades ocultas (¿sabían que a los ingleses no los echaron con aceite caliente durante las invasiones porque era caro?). Después vino el éxito discutidísimo de Algo habrán hecho… J. K Rowling ya había convertido a toda una generación de niños europeos en potenciales magos frustrados con su torpe Harry Potter, cuando alguien le hizo el honor (y, porque no, la gauchada) de filmar una película (y dos, y tres, y cuatro…) El copión de Dan Brown también era un éxito editorial, con su “misterioso libro” sobre la vida y la obra de Leonardo (misterio lleno de clichés del tipo “intelectual, mayor y galante” o “intelectual, joven y pulposa”, o en el peor de los casos, los dos juntos en la misma historia), cuando otro brillante empresario cinematográfico formuló una obligadamente vendedora ecuación “actor famoso + historia con un poco de todo = mucha plata”. El pobre de C.S. Lewis, autor de Las Crónicas de Narnia, muerto hace casi medio siglo, es tal vez el que menos disfruta de esta fusión de viejas y nuevas tecnologías.
Lo que quiero decir con todo esto es que sería interesante saber por qué esa coincidencia entre uno y otro fenómeno. Por qué los libros más vendidos son justamente aquellos que las carteleras o los avances nos salpimientan con actores o personajes famosos. Pienso que mucha gente ha llegado al libro por medio de la TV o el cine. Y no es malo. Pero no estoy de acuerdo con quienes aseguran que es una forma de que las nuevas generaciones o los sectores populares se apropien del hábito de la lectura. Y perdón si hay alguien que se siente identificado con lo que sigue pero no creo que sea de lector exquisito un señor o una señora que se vanagloria de haber leído El código Da Vinci y que hoy por hoy lo tienen por libro cabecera o el volumen que recomendaría a parientes y amigos. Porque la obra del ladronzuelo de Brown es una lectura ligera para verano, una distracción, un entretenimiento simple y llano. No creo que sea, como muchos dicen, un libro revelador, plagado de enigmas y misterios sin resolver. Yo lo leí y puedo asegurarles que atrapa y entretiene, pero que se puede vivir tranquilamente sin haberlo tocado y que de hecho, es un buen pasatiempo, pero ni siquiera el mejor.
No voy a empezar a decir que no se lee Borges ni Cortazar, y que es terrible que se dediquen a esos libros en lugar de tragarse El Quijote de la mancha. Lo único que espero es que quien llegue a esos libros pueda comprender que son literatura livianita para ratos perdidos debajo de un árbol. El peso de un libro no está dado por la cantidad de papel que insuma sino por el compromiso de su contenido. Son lo que yo llamo, “lecturas descontracturantes”. También lo eran los libros de Agatha Christie o las novelitas de Corin Tellado.
Piensen que algo similar ocurrió un par de años atrás con El señor de los anillos, libro que no pierde mérito por su versión cinematográfica, pero que no deja de ser un boom editorial por la ayuda que la pantalla grande le ha dado a la imprenta. “El señor de los anillos…” es un libro muy viejo, que ya tenía adeptos, pero que fueron multiplicados luego de las películas.
No estoy en contra o a favor ni de los libros livianos, ni de las películas que se hagan en base a ellos, ni de quienes consumen lo uno o lo otro. Pero espero que no nos termine ocurriendo que salgamos del cine creyendo que vimos la película del siglo luego de haber disfrutado de dos horas de una animación visual de los chistes de gallegos de Pepe Muleiro (todo bien con Pepe ¿eh?).
* Vanesa estudia con nosotros Comunicación Social y, además, Sociología en la UNCo. Esta es su primera colaboración para Pensamientos Despeinados. Gracias
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