James Bond no existe
Vivimos sugestionados; estamos sometidos. Involuntariamente, desde que la televisión y el cine penetraron en nuestras vidas, soñamos con vivir historias de películas, anhelamos que nuestra vida “sea” una película. Inconscientemente, nos sentamos a esperar que el guionista de nuestra existencia nos de un motivo para vivir.
Señoras, señores y demás seres vivos presentes. En éste rincón del cuadrilátero, de calzoncillos soñadores, el cine. En la otra punta del ring, vistiendo calzoncillos de realidad, la vida. Están invitados, una vez más, a una estupenda noche de pelea: “El séptimo arte” versus “La vida real“.
No cabe duda, el cine es apasionante. En él, nos cuentan historias, algunas veces tan bien narradas que nos emocionan, nos hacen reír, llorar y pensar. Sin embargo, existe una gran diferencia entre las películas y la vida real. El problema está en no poder o, mejor dicho, no querer observar esa asquerosa pero evidente diferencia.
¿Quién no soñó alguna vez con tener los poderes de Superman? ¿Quién no intentó vivir la más apasionante de las historias de amor? ¿Quién, en esta era capitalista, no envidia el existir despreocupado de Ricky Ricón? ¿Quién no querría llevar la vida del agente 007?
Sin dudas, más allá del enfoque machista o los estereotipos creados por la interminable filmatografía de “Bond, James Bond”, debo aceptar que todas sus películas reúnen y muestran muchas de las cualidades con las que soñamos, perdón, con las que sueño.
El agente 007 parece tener superpoderes, vive historias de amor inexplicables, no tiene problemas económicos y, por si fuera poco, al igual que los gatos, siempre cae bien parado.
¡Cómo lo detesto! Odio al apuesto y siempre listo agente secreto. Lo aborrezco porque nunca me pasan las cosas que le pasan a él. ¿A ustedes no les pasa lo mismo? ¿No sueñan con llevar una vida de película, de cualquier tipo de película?
El heroico y valiente personaje.
Bond parece tener superpoderes. A él nada lo asusta, nada lo detiene, junta coraje -en milésimas de segundos-, se lanza a la aventura y detiene a los villanos que quieren conquistar el mundo o, en su defecto, exterminarlo. No obstante, aunque deseo tener esas cualidades, la realidad es otra.
Una noche, no hace mucho tiempo, el destino me sorprendió sin cigarrillos y decidí salir hasta la estación de servicio a comprar mis tan ansiados puchos “Fénix”. Emprendí el viaje nocturno por las calles de mi barrio, en Neuquén capital. Iba distraído, pensando en una historia de valentía. Cuado me faltaban sólo 20 metros para llegar a la estación, salieron de la nada dos chicos que interrumpieron mi desganado caminar: “Dame todo lo que tengas”, me dijo el más grande.
En ese momento pensé en la fuerza de Superman, en los artilugios de Batman y en la habilidad de Bond. Me dije a mi mismo: ahora hago como que voy a sacarme el reloj, los sorprendo y de una piña y una patada dignas de Bruce Lee dejo a los dos pequeños delincuentes inconscientes. Pero fue una fábula. Los dos mocosos me pegaron, me robaron el reloj y los benditos dos pesos para comprar los puchos.
El apuesto y romántico galán.
Descontando las increíbles historias de amor entre Bond y esas chicas curvilíneas, inteligentes y hermosas, en las películas, el amor está idealizado. ¿Acaso no desearon nunca vivir la historia de Titanic, de Mujer Bonita, de Los amantes del círculo polar? Hay millones de historias de amor en el cine. Tantas como para que elijamos nosotros y también ellas. Porque hay que decirlo: no todos coincidimos en qué historia romántica es apta para ser soñada, pero ése es otro tema.
El amor en el cine está idealizado. Por ejemplo, cuando los tortolitos enamorados están a punto de besarse, luego de esa mirada profunda, tierna y eterna, justo en ese momento, la música empieza a sonar. Como ya sabrán, eso, en la vida, no pasa. Lo digo por experiencia: intentar dar ese primer beso (porque tiene que ser el mejor que puedas dar) y al mismo tiempo musicalizar la escena es imposible, a no ser que pretendamos realizar sólo una de las dos tareas correctamente. Además, recordemos que según el dicho popular “el hombre no puede hacer dos cosas al mismo tiempo”.
Sin embargo, aunque elijamos quedarnos con la única tarea de dar el beso perfecto, éste nunca resulta como debería resultar. Sólo por mencionarlo, en las películas nunca hay olores raros, ni posiciones incómodas, ni lugares embarazosos, ni dientes sucios, y tampoco está la nona haciendo un puchero en la cocina.
El nunca pobre ni necesitado héroe.
Hay que admirarlo: el humilde Bond siempre tiene un verde de cien por las dudas. Nunca se queda si recursos económicos. Nunca se preocupa por lo que va a comer. Mucho menos por cómo va a hacer para llegar a fin de mes. En fin, él no se queda sin plata. Pero como ya hemos visto, la realidad es otra.
Yo no entiendo por qué un cortado cuesta lo mismo en el centro de Neuquén que en Nueva York. Tampoco por qué, no hace mucho, una cerveza costaba $1 peso y un atado de puchos $1.50 (ahora llegan a los $3 y $3.80 respectivamente). No entra en mi mente que un paquete de yerba “Cimarrón” cueste en La Anónima, el 27 de abril, $2.50 y el 11 de mayo del mismo año $3.77.
No entiendo mucho de economía, ni de globalización. Pero no asimilo que en Neuquén se paguen el gas, la luz y la afta más caros que en el resto del país, cuando la provincia genera esos preciados recursos. No comprendo que los sueldos sigan bajando, mientras que los precios siguen subiendo.
A diferencia de la mayoría de los protagonistas de cine, no puedo comprarme el diario ni tomar un café todos los días. El día en que puedo comprarme una Coca es para festejar. La semana en que puedo variar mi menú diario de fideos blancos es una hazaña. El mes que termino con más de 25 centavos en el bolsillo es una alegría.
Pero como si todo esto fuera poco, el maldito agente 007 siempre termina bien parado. Sale invicto, glorioso y siempre bien acompañado. Mientras, yo me he dado la cabeza contra la pared más veces de las que puedo recordar. ¡A mí no me pasan las cosas que le pasan a él! De todas formas, dicen que de los errores y de las experiencias se aprende y eso me deja mucho más tranquilo. De verdad.
Definitivamente, algo me queda claro: no puedo ser James Bond; él no existe, no es real.
Aún así, sabiendo que existe un abismo entre lo que nos cuentan las películas y lo que vivimos realmente, cada vez que me voy a dormir o cada vez que pienso despierto, continuo soñando: “Buenas noches, encantado, mi nombre es Apesteguia, Ezequiel Apesteguia”. Estamos sugestionados, vivimos sometidos, soñamos con la película de nuestras vidas. Quizás sólo sea eso: un sueño, pura imaginación.
¡Maldita sea! ¡Me encantaría que fuera real!
* Las caricaturas las tomé de Morini y QuePasa
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EzeSector 7G
30 de Julio de 2006 Compartilo
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