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Fábula: El goleador y el dueño de la pelota

Por Juan Pablo Quintana, el 24 de Abril de 2007 -

maradona_pelota.jpgEn el campito como en la vida hay un dueño de la pelota, lamentablemente es así. Sería lindo que la pelota fuese de todos repartida en partes iguales. De todas maneras medio enojado con la situación, de modificar por cierto, al menos es bueno que el dueño de la pelota tenga sentido común, que sea un tipo abierto y no uno de esos nenes de mamá, caprichosos, egoístas, sin la más mínima dosis de calle y sentido social de la cosa.

Los dueños de la pelota suelen ser poderosos a la hora de elegir con quien jugar, a veces por su condición de propietario de balón nuevito y caro.

Otras, porque además de ello, son inteligentes y hasta muchachos buenos y solidarios por quienes los grandes jugadores siente realmente afecto y además de aprovechar la situación de jugar con la redonda más bonita se arriman por cariño y respeto a su propietario.

Es así que se forman sociedades, grupos, barras en donde se conjugan perfectamente el capitalista propietario del balón y los más callejeros y humildes que juegan con él.

Le enseñan de la vida, se la embarran (en el buen sentido) y le van haciendo ver que en la vida no siempre te van a decir que sí a todo. He ahí el mayor riesgo de algunos dueños de la pelota, el acostumbramiento que traen de la vida al “sí” permanente, a ninguna o pocas rebeliones, y si las hay, a ser indiferentes a ellas como si fueran de otro planeta.

A veces ese defecto viene de la mano de premios excesivos como “si te sacás un excelente te regalo tanto como a otros le cuesta seis meses ganar…” Entonces los dueños de la pelota transitan, muchas veces sin ser culpables directos, una vida caminando en esos alambres que cruzan los trapecistas o malabaristas de un lado a otro de la calle o la carpa dl circo, ante alguna respuesta en contra se desbandan, se salen de cause, pierden el estribo y muestran su verdadera cara. La que su situación de vida le fue modelando de espalda al resto de la gente aún cuando durante mucho tiempo hayan convivido con el todo, lo hayan hecho medianamente bien, con cierta dignidad pero con ese orgullo de ser el dueño de la pelota, sólo por serlo. Hay un momento en que saltan los tapones, se corta la buena luz y en un instante se oscurece de golpe.

Es el dueño de la pelota el que cuenta con el goleador del barrio. El pibe que juega y mete los balones en el ángulo más lejano como nadie lo hace en el barrio, el que llegó al dueño seducido por la pelota, por la chance de jugar siempre y termina siendo compinche de todos, del dueño y de los amigos del dueño, esos que están en similares condiciones que el dueño pero ni juegan tan bien, ni serían capaces de prestarles el protagonismo al pibe goleador y la relación, como la pelota, van rodado y el tiempo pasa y una tarde al goleador, al pibe humilde no de bolsillo, sí de alma y sacrificio, de comportamiento casi intachable tanto con sus amigos como con ese grupo de dueños se da cuenta que ya está, que ya pasó, que ganaron muchos partidos, que jugaron mucho con la pelota nueva del dueño, que él pudo llevar varias veces a sus amigos del barrio pero que es momento de hacerse a un lado, que ha notado que a pesar de los años, de los momentos vividos, de promesas y juramentos, el dueño de la pelota y su entorno no soportan que él sea el mejor.

Entonces decide no ir más y el dueño de la pelota sufre un “no”, educado pero un “no”, un no va más, mejor terminemos aquí.

Es ahí cuando al dueño le saltan los tapones, parece un señor feudal que no acepta la partida de un siervo, parece un niño bien que no admite que el papá no le compre la moto, pare el más codiciado novio de todas pero resulta que la pecosa le dijo que no y él no la puede comprar con toda la plata que tiene.

El pibe goleador apenas lo mira, apenas lo escucha. Lo observa intentar el arreglo con un procedimiento sumarísimo a lo que está acostumbrado. El pibe se levanta y se va.

El dueño de la pelota se queda hablando solo o sólo para su corte. Está al borde de un ataque de nervios, le han dicho que no…

El pibe se va a buscar otras pelotas, sabe que encontrará otros dueños, espera que no se sientan dueño de todo lo que va más allá de la pelota. El dueño sigue gesticulando sin entender como pueden haber otras pelotas que no sean las de él, piensa en lo injusto que es el mundo y en lo ingrato que ha sido el Pibe al que él le dio la oportunidad de jugar con la mejor de las redondas de cuero.

El Pibe se va soñando en títulos, goles y amigos. El dueño se queda con la pelota y su corte y una billetera que por suerte, en este caso, le es bien inútil y uno se queda pensando que todo sería mejor con más pibes goleadores y menos dueños de la pelota.

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