“De un valle a otro”, contando un viaje (IV)
Llegué por fin al Roaring Fork Valley. Allí me esperaban John, Danny y Elliot, mis nuevos compañeros de trabajo. La noche cayó fría y oscura alrededor de las 5.30 pm. Confundido por el cambio horario y la oscuridad temprana asentí cuando me preguntaron si quería cenar. Mientras la nieve caía lentamente sobre el asfalto entramos a Capitol. En una mesa, un par de camioneros con camisas de esas que usan los leñadores y gorras de Caterpillar y John Deere nos miraron desinteresados y volvieron a hundir sus bigotes en las tazas de café. En otra mesa tres mexicanos hablaban de lo “chingado” que había estado el día de trabajo y de cuán “pendejo” era su jefe, el “pinche gringo”.
Cuando me tocó el turno de pedir mi cena, no pude más que apuntar el dedo de manera aleatoria sobre la carta. Cuando me quise acordar, estaba comiendo una suerte de sándwich de tres albóndigas con tuco y provolone, acompañado por papas, para mi sorpresa cortadas a mano y recién fritas, algo que no esperaba en un local de comidas rápidas. Sin saberlo, estaba probando el plato que más tarde se convertiría en mi elección número uno en Capitol: “meatball with french fries”.
Preocupado porque mis valijas estaban en la camioneta y no habíamos cerrado las puertas con llave, les pregunté si debía preocuparme o no. Riendo respondieron que en este valle podés dejar la puerta abierta y la llave puesta que nadie va a tocar tu auto. Más tarde entré a mi nuevo departamento, de cartón pintado pero con buena calefacción, desempaqué mis valijas y le enseñé a decir “hasta mañana chango” a Elliot, mi compañero de departamento.
A la mañana siguiente desperté con ruido a sartén y fritura. No entendía donde estaba, esa no era mi habitación de Neuquén, ni mi departamento en Buenos Aires ¿Cómo era posible que la nieve cayera por mi ventana en Febrero? Me tomó unos instantes, pero pronto entendí que esa era mi primera mañana en El Jebel, y Elliot ya estaba preparando sus huevos revueltos.
Salí de mi habitación con las ganas de tomar una leche chocolatada, de esas con las que siempre despierto, pero en la heladera no había más que huevos y en la alacena nada se parecía al Nesquik. Puse a calentar agua en una pequeña olla y, ante los ojos curiosos de mi co-inquilino, llené el mate con yerba, lo sacudí un par de veces sobre la palma de mi mano izquierda para sacarle el polvillo y me deleité con unos mates que no saciaron mi hambre matutino, mas sí esas ganas de sentirme en un lugar conocido.
Todo era nuevo, todo era raro y me desbordaron esas ganas de descubrir que aún hoy me acompañan. Quise sacar fotos con mis ojos y grabar sonido con mis oídos. El día a día comenzó a trasformarse en una anécdota diaria y esas películas norteamericanas que vi durante veintidós años empezaron a mezclarse con mi realidad de todos los días.
Etiquetas: Colorado, contando_un_viaje, diario_de_viaje, El_Jebel, Roaring_Fork_Valley
PelucaVida Cotidiana
15 de Abril de 2008 Compartilo
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1 Comentario Dejá el tuyo
1.
Adro | 24/04/2008 a las 1:54 am
Pelu querido, son las dos de la mañana en Bs. As. y me colgue leyendo tu historia de viaje, BUENISIMA!!!!
Aunque se te extraña un monón nos consuela saber que estas teniendo una experiencia de vida inolvidable.
Cuidate mucho man.
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