“De un valle a otro”, contando un viaje (II)

José Hernández,
Martín Fierro #166
El campo para unos, la ciudad para otros… Luego de dieciocho años en Neuquén y su hermoso Alto Valle, decidí dejar atrás los mates en el rió Limay, las noches en el mirador y la constante melodía del viento patagónico para ver que pasaba más allá, en la ciudad de Buenos Aires.
Compartí cuatro años con el ferrocarril General Roca, las líneas de subterráneo, los bondis fileteados y el tango en las esquinas de San Telmo. Supe extrañar el valle en el que había vivido toda mi vida y sobre todo, su gente. Con mis compadres neuquinos, compañeros de ese particular, mas no menos doloroso cautiverio, buscamos de mil formas rescatar esos momentos tan nuestros que nos brindaban las tardes anaranjadas de la Patagonia. Tomando mate en las terrazas, balcones y plazas buscábamos con los ojos a ese triste sol de otoño, que no tiene más remedio que ocultarse entre edificios y añorar los tiempos en los que bañaba con sus últimos rayos del día los fértiles campos de frutales y nuestras caras, en la plaza de las banderas.
Banfield me supo mostrar lo que es vivir en un barrio. Con la verdulería del boliviano, la fábrica de pastas del tano y el tereré de mi portero paraguayo, en las sofocantes tardes de Buenos Aires, entendí el significado de una ciudad cosmopolita. De a poco me fui acostumbrando al 90% de humedad diario, el frio que se cuela en los huesos y el calor que no deja soñar. Me enamoré de los bares de San Telmo, resbalé varias veces en el empedrado mojado por la garúa y maldije a las gotas que caen de los aire acondicionados.
Cuatro años en Buenos Aires no es mucho, ni es poco, quizás suficiente, si se trata tan solo de una de las paradas del viaje. Era hora de volver al valle, no al que me vio nacer sino a otro. Desarmé lentamente mi departamento poniendo en cajas mis discos, herramientas, nostalgias y libros. Guardé cuidadosamente la “escena porteña” pintada por mi abuelo Francisco junto a su escultura abstracta que aún hoy toma un nuevo sentido. Me despedí de mis familiares y amigos desde Santa Clara del Mar hasta Copahue, pasando por José Mármol y la ciudad de Neuquén. Guardé en mi memoria los sabores del asado, los aromas del buen vino y las voces de mis queridos. La sal del mar de Enero, y las cenizas del volcán Copahue abrazaron mi piel para cubrirla del frió y la incertidumbre.
Y así, por demás preparado, tomé mi pasaporte argentino y volé durante dieciséis horas, con sus minutos, hasta el poblado de El Jebel, en el estado de Colorado, de los Estados Unidos de América.
Etiquetas: banfield, contando_un_viaje, diario_de_viaje, El Jebel, Estados_Unidos, Limay, San_Telmo
PelucaVida Cotidiana
10 de Marzo de 2008 Compartilo
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8 Comentarios Dejá el tuyo
1. Eze | 10/03/2008 a las 3:09 pm
Con esta segunda entrega despuntaste y ahora estoy en vilo. Me enganché con la historia, me hace recordar mis momentos de gloria y viajes lejanos: ¡Quiero más!
Saludos, estimadísimo.
2. peluca | 11/03/2008 a las 1:37 am
gracias por el aliento y ante todo por el espacio. Gracias despeinados, gracias en serio.
3. joa | 11/03/2008 a las 11:52 am
a muerte con despeinados, ni hablar con mis hermanos pelu y sebi
4. isabel | 11/03/2008 a las 6:21 pm
me emociona mucho leer estas entregas porque todos hemos dejado lugares y encontrado nidos en distintos lugares del mundo
5. PIN | 19/03/2008 a las 9:16 pm
mira pibito como suele decirte tu madre ,sos lo mas segui asi anda por la tercera ,me emociona tanto como si fuera yo el q lo vivo, me haces sentir dentro tuyo ,sos una masa ,no me voy a cansar de decirtelo !!!cada dia te quiero mas!!!!!
6. jorge | 22/03/2008 a las 8:21 pm
hijo me recuerda cuando yo parti a estudiar y comence un largo viaje y recale en copahue-caviahue me siento como vos en aspen, lo que me emociona muy profundamente, porque la vida es un fluir de acontecimientos,te quiero
7. peluca | 23/03/2008 a las 4:58 am
Como supo decir Seba, despeinados es como el bar de la esquina… …nos contamos esas cosas que no nos decimos todos los dias.
8. “De un valle a otro&hellip | 27/03/2008 a las 4:03 pm
[…] Me acomodé los auriculares y sonaba Canibal Can, “Vas a querer volver”. Caí en un profundo sueño, recorriendo con el alma los caminos que me llevaron desde las frías aguas del mar argentino hasta las alturas de la cordillera andina, para despedirme de mi gente. […]
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