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Movilización, dolor y repudio en Neuquén
Fue extraño. Entre la interminable cantidad de gente, los comercios y los bancos amurallados y la ausencia de policía, se mezcló el dolor, la bronca, la indignación y una sensación de tranquilidad que, por momentos, parecía desvanecerse entre las 20.000 voces -según los organizadores- que se movilizaron por las calles neuquinas en repudio por el asesinato de Carlos Fuentealba.
La sensación de calma y orden se vivió desde temprano, cuando, alrededor de las 9 de la mañana, comenzó la concentración en el monumento a San Martín. Una calma que se vio acompañada por la ausencia evidente de efectivos policiales. Aunque sin policías a la vista también se hicieron sentir en el ambiente los rumores de un posible acto violento. Así lo demostraban la falta de vidrieras en los comercios y las maderas y las chapas que se convirtieron en el último grito de la moda, al menos durante unas horas.
Pero todo se desarrolló con la serenidad que merecía el momento. Pasadas las 11:20 la Avenida Argentina cobró vida y se sintió el movimiento. Un movimiento que esperaron con paciencia más de seis cuadras de personas y que tenía como destino final la casa de gobierno provincial. Ninguna institución u organización quiso estar ausente en la marcha. Por lo menos así lo indicaba la gigantesca cantidad de banderas en el aire y la columna humana que parecía no tener fin.
La presencia de medios nacionales en el mediodía nublado del valle, con sus imponentes camionetas y sus soberbias antenas satelitales, indicaba que algo importante iba a ocurrir. Todo estaba preparado para la llegada de la movilización frente a la casa de gobierno, que tenía todas las ventanas y las puertas pintadas de negro en señal de luto. Estaban listos los altavoces, los micrófonos y los vendedores de choripanes, que asfixiaron con humo todo el acto central de la marcha.
“Compañeros, Carlos Fuentealba”, anunció una voz. “Presente, ahora y siempre” fue el grito de respuesta para que el acto comenzara. Entre el repudio por la represión y la muerte del maestro neuquino se mezclaron los reclamos por trabajo digno, una sociedad más justa y los pedidos de renuncia al canto de que se vayan todos.
Sin dudas la parte más emotiva del acto fueron las palabras de Sandra Rodríguez, la viuda de Carlos, que aseguró que no iba a permitir que la muerte de su compañero quedara impune. Sandra pidió cárcel para el policía que “jaló el gatillo” y mató a su esposo. “Y al señor gobernador, que dio la orden, esa orden fue como jalar el gatillo” […] “si Sobisch es tan responsable como él dice, sabe que le cabe renunciar; si le duele tanto que mi Carlos, el maestro, haya muerto, es su deber moral hacerlo”, sostuvo Sandra entre lágrimas que conmovieron.
El acto principal terminó poco después de las 13:40, cuando los docentes anunciaron que el paro y el corte del puente carretero que une Neuquén y Cipolletti continúan. Entonces la multitud comenzó a dispersarse con la misma tranquilidad con la que se movilizó. Sin incidentes, en orden y con el respeto que la muerte de Carlos merece.
Las calles retomaron su tránsito habitual -excepto alrededor de la casa de gobierno, en donde los docentes permanecerán acampando- y entre el ruido de los coches se podía escuchar a la gente opinar, discutir y reflexionar mientras se alejaba del lugar. En los alrededores, en calles, en las veredas y en las paredes, quedaron pintadas las frases No olvidamos, no perdonamos, Exigimos justicia, Asesinos y Sobisch renunciá.
Esta es una historia que se repite, como lo recordó el Chino. La historia de un gobernador que toma una decisión y no se hace responsable por ella, como si el poder político estuviera alienado de sus consecuencias. La historia de un policía con antecedentes que asesinó a un maestro neuquino. La historia de una familia, una esposa, dos hijas y un padre que ya no está. Es también la historia de una ciudad, una provincia y un país que no terminan de sorprenderse con la brutalidad social en la que vivimos. Un país que demanda a gritos justicia y trabajo digno y que se desgarra la garganta exigiendo un nunca más: “Por favor, no más tizas ensangrentadas”.
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