La épica historia de un exiguo jugador que cumplió el sueño de jugar en Boca
Yo soy conciente de mis limitaciones a la hora de tratar la pelota. Siempre lo fui, ya que una de mis virtudes, va, en realidad mi única virtud, es la de ser una persona sumamente sensata y realista. Cuando era niño recuerdo que pasaba horas contemplando el televisor viendo correr detrás del balón a mis jugadores favoritos. Tardes enteras intentaba emular ciertos gestos técnicos que desplegaban sobre el verde césped aquellos gladiadores de la redonda. Debo reconocer que jamás logré aprender ni siquiera uno. Intentaba pegarle al balón con la fuerza y dirección con que lo hacía Passarella, pero mis disparos hacia el paredón destartalado del patio de mi antigua casa eran hasta peores que los de mi hermano Roberto, que sólo tenía tres años. El al menos le daba dirección al balón, por una cuestión natural no podía pegarle con gran vehemencia, pero le daba dirección…y lo digo y lo recuerdo con toda la rabia y la envidia existente.
Previo a los picaditos de la tarde con los pibes del bario, se llevaba a cabo el ritual del “pan y queso” para designar a los jugadores de los dos equipos. Yo siempre era el último en ser elegido, en realidad ni siquiera era elegido, sino que jugaba para el equipo contrario al que se había llevado al anteúltimo jugador. Recuerdo que una vez el “Toti” Diestra, un vanidoso y detestable petizo de melena rojiza, dijo con aire sobrador: “que el Pichi juegue para ustedes, no importa que juguemos con dos menos”. Demás está decir que el Pichi era yo…
La cuestión es que hace aproximadamente dos semanas, estaba, como todos los días, trabajando en el almacén de mi viejo. Mientras le cortaba doscientos gramos de salchichón primavera a Don Antonio ingresó al local el “Pepu”, un amigo y lírico número 10 que cuando agarra la pelotita con esa zurda privilegiada la descose; todo lo contrario a lo que soy yo: un rústico y tosco marcador central, con muy poca coordinación motriz pero con un destacado disparo de media distancia (siempre hacia la tribuna, o en su defecto hacia las calles periféricas de la cancha de turno).
El Pepu esperó que le entregara los doscientos de salchichón a Antonio y me comentó que el fin de semana, en la cancha Municipal del barrio, integrantes del cuerpo técnico de la reserva del equipo de fútbol de Boca Juniors iban a estar probando defensores para integrar la mencionada división del club. Inmediatamente le dije que no le veía condiciones para integrar ni la defensa de un equipo de pingüinos, a lo que me respondió que me lo decía para que yo me presentara a la prueba.
Un sentimiento indescriptible corrió por mis venas en ese momento. Mis deficiencias técnicas, tácticas y físicas no lograron impedir que proyectara por un instante en mi mente secuencias como hacer un gol en la “Bombonera”, oír a la “12” bramando mi nombre desde esa tan respetada y colorida segunda bandeja, y miles de situaciones más que en este preciso momento no recuerdo con precisión.
Finalmente le dije que sí, que lo iba a hacer, que lo iba a intentar, que me iba a presentar a esa prueba, ya que no podía dejar pasar una oportunidad como ésta. El utópico sueño de defender esa gloriosa camiseta azul y oro estaba ahí, a la vuelta de la esquina. Total, en el peor de los casos iba a escuchar lo que tantas veces me han dicho a partir de que comencé a “intentar” jugar al fútbol: “Pibe, dedicáte a otra cosa porque jugando al fútbol no vas a llegar a ningún lado”.
Además de mis escasas virtudes técnicas, había algo que no me favorecía: mi edad. Esos largos y bien vividos 23 años eran demasiados si tenemos en cuenta que hoy en día los jóvenes, a los 20 años ya son tipos experimentados que llevan en sus espaldas más de 50 partidos en primera. Pero eso tampoco me impidió soñar con vestir esos colores que tantas connotaciones tienen…
El domingo de la prueba me levanté muy temprano, desayuné un colosal tazón de café con leche, acompañado de unas exquisitas tostadas con manteca y dulce de mosqueta.Tras la ingesta coloqué mis viejos y gastados botines marca “Fulbencito” en mi bolso azul y agarré mis canilleras para también guardarlas, pero pensé: ¡Quién me va a pegar una patada a mí!, por lo cual las dejé donde estaban.
Cuando llegué al predio en donde se hacía la tan esperada prueba me encontré con un mar de jóvenes, seguramente con los mismos sueños e ilusiones, con las mismas ganas de triunfar y poder vestir esa camiseta que alguna vez usaron Maradona, Comas, Rattín, Batistuta, Riquelme y tantos otros extraterrestres del fútbol.
Nos hicieron ubicar a todos en una cancha auxiliar e iban formando equipos al azar para enfrentarse con la reserva titular de Boca. Mientras me vendaba el tobillo derecho sentía cómo me temblaba el cuerpo, un manojo de nervios se había apoderado de mi estómago. De pronto llegó el momento, un hombre regordete de cara cuadrada, con una prominente panza, me preguntó de qué jugaba; luego de decirle que era defensor me dijo que entrara por el flaco de pecas que estaba jugando de dos. Me dio una pechera naranja y me susurró al oído: “Nene, vas a tener 15 minutos para demostrar lo que sabes, así que ponéle huevos”.
Me coloqué la pechera, inflé el pecho y pensé: lo único que insufla pasión en mi vida es el fútbol, por lo cual tengo que dejar el alma en la cancha. Y así fue, trabé cada pelota como si fuera la última, jugué, como dijo alguna vez el “Cholo” Simeone, “con el cuchillo entre los dientes”. En una jugada quedé mano a mano con el nueve de ellos, si me eludía se iba de cara al gol, cuando hizo el primer amague le extirpé el balón de los pies de una forma descomunal y salí jugando con un toque corto y sutil hacia la derecha. Me sentía el “Patrón” Bermúdez en sus mejores momentos. En esos pocos minutos jugué con gran sapiencia y carácter, dos condiciones insoslayables que todo futbolista debe tener.
Tras anticipar nuevamente al puntero derecho y mandar de un fuerte testazo la pelota afuera, el gordo de cara cuadrada me hizo un efusivo gesto para que saliera y dejara mi lugar a otro joven lleno de ilusiones y esperanzas.
Esos escasos minutos que jugué parecieron una eternidad. Tras salir de la cancha dejé caer mi exhausto cuerpo sobre el macizo piso y quedé allí reposando unos segundos. El hombre con cara grande se acercó, me dio una enérgica palmada en la espalda y me dijo: “felicitaciones pibe, demostraste que tenés condiciones para jugar en Boca. Presentáte la semana que viene que vas a empezar a practicar con la reserva”.
Y aquí comienza mi historia, la historia de un humilde hijo de almacenero que, estoy seguro, en poco tiempo verán jugar en la primera de Boca.
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NicoSector 7G
5 de Abril de 2006 Compartilo
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1 Comentario Dejá el tuyo
1. facundo del lobo | 16/05/2008 a las 12:40 am
me emocioné
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